En “Los demonios del amanecer”, Julián Hernández construye un romance entre Orlando, un estudiante de danza interpretado por Luis Vegas, y Marco, un joven que estudia enfermería y trabaja como camarero, encarnado por Áxel Shuarma. Ambos se conocen por casualidad en la Ciudad de México, se atraen de inmediato y comienzan una relación exclusiva que pronto queda atravesada por la inseguridad y la distancia.
La película, realizada en 2024, retoma preocupaciones presentes en la obra de Hernández: el deseo, la identidad y la manera en que los vínculos afectivos se desarrollan dentro de entornos cambiantes. La historia de Orlando y Marco avanza entre encuentros intensos, rutinas compartidas y silencios que modifican el equilibrio de la pareja.
Un romance marcado por la incertidumbre
El conflicto central surge cuando Marco descubre una hinchazón cerca de la ingle y teme estar enfermo. Aunque una prueba de VIH confirma que está sano, el episodio abre una grieta en la relación: Orlando comienza a alejarse, reduce sus visitas y deja de buscarlo a la salida de su trabajo.
El distanciamiento provoca un deterioro gradual del vínculo. Marco queda sumido en la desilusión y termina abandonando su departamento, mientras Orlando intenta llenar la ausencia con otros encuentros. Más adelante, ambos vuelven a encontrarse y confrontan las huellas de una relación que no ha desaparecido por completo.
Danza, deseo y una puesta en escena sensorial
La propuesta de Hernández se apoya en una cámara de movimientos amplios, con giros de 360 grados y una atención constante a los cuerpos, los gestos y las miradas. La danza clásica, los números en el antro y los desplazamientos de los personajes funcionan como extensiones del estado emocional de Orlando.
El relato también incorpora personajes y situaciones laterales que amplían el mundo de la pareja: la familia de Orlando, la casera de Marco, sus compañeros de danza y los trabajadores del centro nocturno. Estos elementos aparecen como fragmentos de una vida social más amplia, sin desplazar el eje íntimo de la película.
La película convierte el romance en una sucesión de acercamientos, titubeos y reencuentros donde el deseo convive con el temor a perder al otro.
“Los demonios del amanecer” presenta así una historia de amor atravesada por la fragilidad emocional. El filme observa cómo una relación puede construirse y deshacerse a partir de gestos mínimos, y encuentra en la danza y en la sensualidad una forma de expresar aquello que sus personajes no siempre consiguen decir.

